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"Carmina"

2020

Impresión sobre lino

118 x 112 cm

"Carmina"

Escrito por Nadia Santos Jiménez

4to Semestre de

Literatura latinoamericana

"Carmina"

Written by Nadia Santos Jiménez

4th Semester of

Latin American literature

Medio tarro de agua bendita, diez miligramos de sal mineral, seis gotas de sangre rica en prolactina, veinte miligramos de citrato de potasio, la esencia de diez pétalos de lirio, limadura de amapola secada entre libros viejos y el néctar de tres duraznos ligeramente tibios. Dispuesto todo a hervir, se obtiene una espesura de suavidad indolora a toda especie de tacto. Un suero tinte carmín, listo para la carrera intravenosa.

Se trata de un cóctel químico muy emocional, la última solución desesperada de una impotente ante la vida. Un experimento más científico que divino. El cual, según mis deducciones, resultaría en el alivio único de mi humanidad, de toda palabra astillada, y en general de la producción de dolor como reacción vital.

En cualquier otro caso, un procedimiento como este habría sido causa de suplicio. Una unión tan compasiva de ingredientes como los míos ha sido incapaz de tales efectos. Me gusta pensar que existen a mi alcance elementos desposeídos de cualquier furor. Pienso así en mi lista previa, y reconozco la ironía de mi cálculo. Pues ¿no es el durazno, como todo lo existente, producto de violentas colisiones?

Cósmicas o celulares. Nubes de gas y polvo colapsan bajo su atracción molecular, calentando un núcleo burbujeante que resulta vida. Así pues, los duraznos, todavía unidos en hueso y tallo a sus raíces, explotan con furia nuestra tierra.

Los resultados pintan un éxito imprevisto. Por ojos, oídos, vagina y nariz sangra una resina que lubrica las partes más secas de mi piel. Pronto pierdo la vista, y comienzan a florearme un montonal de brotes, resultado aparente de un injerto accidental entre semillas. Pronto cubren por completo mi angustiada cabeza. Desposeída de movilidad, vuelta corteza, me conservo por siempre sensible al tacto. Uno, que por vez primera, no pretende herirme.

Half a jar of holy water, ten milligrams of mineral salt, six drops of prolactin-rich blood, twenty milligrams of potassium citrate, the essence of ten lily petals, poppy shavings dried between old books and the nectar of three slightly warm peaches. All set to boil, you get a thickness of painless softness to all kinds of touch. A carmine dye serum, ready for intravenous racing.

It is a very emotional chemical cocktail, the last desperate solution of one impotent against life. A more scientific than divine experiment. Which, according to my deductions, would result in the unique relief of my humanity, of every splintered word and, in general, of the production of pain as a vital reaction.

In any other case, a procedure like this would have been a cause fortorture. Such a compassionate union of ingredients like mine has been unable to achieve such effects. I like to think that there are elementswithin my reach devoid of any fury. I think of my previous list this way,and I recognize the irony of my calculation. For isn't the peach, like everything else, the product of violent collisions?

Cosmic or cellular. Clouds of gas and dust collapse under its molecular attraction, heating a bubbling core that results in life. Thus, peaches, still united in bone and stem to their roots, explode with fury on earth.

The results paint an unexpected success. Through eyes, ears, vagina, and nose bleeds a resin that lubricates the driest parts of my skin. Soon I lose my eyesight, and a multitude of shoots begin to sprout, apparently the result of an accidental graft between seeds. Soon, they completely cover my anguished head. Deprived of mobility, turned into bark, I remain forever sensitive to touch. One, who for the first time, does not intend to hurt me.

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